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| Solos, nadie mas |
Segunda parte
El tiempo parecía fallecer ante ellos, pues sin medir nada, ambos se entregaban con vehemencia antes sus debilidades, el estar juntos para saciarse, para embriagarse de aquel brebaje llamado sutilmente, amor. El bello cuerpo de Emily se contorneaba al ritmo de cada movimiento pélvico que Henry inducia ante ella y al mismo tiempo, suaves gemidos de embriagantes reacciones hacían provocar que el ritmo del corazón bombeara más sangre, eran como dulces notas musicales al oído de todo mortal, y eso provocaba aún más excitación. Henry y Emily se amaban con tenacidad a pesar que a su alrededor el odio cobraba cada día nuevas víctimas inocentes. Corazones sin pasos tristes, sin compañía melancólica, vuelos sin tormentas, cuerpos húmedos, sudados, electrizantes caricias, palomas a los palomares, entrepiernas tapiadas de besos. Todo era transformado en millares de sensaciones en esos cuerpos desnudos que se entregaban con la venia del mismo cielo, y solo para que dos seres a diferencias de edades, se entregaran para unirse en un solo cuerpo, en un solo destino, a pesar que la envidia se acercaba sigilosamente a ellos. Pero todo ello no importaba, si solo se amaban, pues ¿Dónde estaba el pecado en ellos? Sin duda alguna, esos amores son los reales dueños de las historias, y Henry y Emily no quedaban fuera de ellas. Su divino verbo llamado amor les hacía florecer en medio de todo espacio cerrado, eran parte de sus propios sueños. En aquella tarde se amaron, se entregaron una vez más, y cada día que se encontraban se amaban, las eróticas sensaciones les hacía ir mas allá de lo permitido por las intransigentes leyes puritanas que no tan solo dominaban las vidas de los incrédulos, sino también dominaban astrosamente la intimidad sobre sus camas. Sin embargo para ellos solo había una ley que mantenían, estaba vedado separarse y olvidarse, a pesar de lo que pudiera suceder; fue una promesa que se juraron ambos. Luego de haberse amado, se abrazan esculpiendo sus cuerpos haciendo que ambos fuesen solo uno. Henry la envuelve entre sus brazos, y ella queda envuelta en ellos, como una gallina que envuelve a sus polluelos bajo sus alas. Se sentía segura, amada, mimada, querida en esos brazos que la mantenían contra el pecho de Henry, y porque no decir, al mismo tiempo cerca de su corazón. Para ella, Henry era como un sauce cerca de un riachuelo, y ella la que se saciaba bajo su sublime sombra. Y para él, Emily era como un oasis en medio de un desierto, a pesar que a su alrededor no exista nada, había un trozo de vida en medio de aquel amargo desierto.
Abrazados permanecieron por un momento tumbado sobre aquel pajar, testigos directos de sus pasiones y romances. Nada en ellos eran quimeras, eran verdaderas imágenes de entrega total de consuelo y promesas eternas, sin olvidarse del riesgo que corrían ante una relación quizás, prohibida. Pero es imposible borrar, olvidar a un amor, es un tatuaje imposiblemente imborrable. Olvidar a quien ha amado con denuedo, con convicción es estar ante la marginación poca romántica, es ser partícipes de los cambios convulsivos de los siglos que pasan velozmente, dejando el romanticismo a que muera lentamente. Pero aquí, ellos eran sus propios jurados y ante el juez de toda vida, se declaraban culpables, por haber ido contra el mismo y ciego destino, y solo por el hecho de amarse se encontraban culpables. No porque habían cometido pecado alguno, al contrario, sino culpable por desobedecer a sus propios destinos y si amar era eso, entonces eran culpables.
La tarde se había ido, el sol apenas podía pestañear detrás de las colinas, solo unos débiles rayos continúan iluminando algo. Ellos se preparan para salir de aquel secreto lugar, Henry ayuda con cuidado a quitar sobre el cabello de Emily todo rastro que pueda causar sospecha, pues entre sus cabellos pequeños trozos de paja habían quedado enredados. Amor, palabra inmemorial, palabra de divino consuelo a todo oído, palabra mágica que hace más que vivir un corazón, lo hace relucir ante la penumbra soledad. Antes de despedirse, se abrazan sellando al mismo tiempo aquella despedida con un beso.
Pero la envidia no tiene tregua, Emily sale de aquel establo teniendo cuidado a no ser sorprendida, menos por el dueño de casa, el terrateniente. Ella con sigilosos pasos sale de allí alejándose, dejando atrás a su amado, que la contemplaba a la distancia, para luego desaparecer por aquel camino que conducía a su hogar. Emily mientras caminaba a casa, su rostro llevaba consigo solo sonrisas, sonrisas angelicales, su cuerpo fue amado, recorrido desde punta a punta por aquel noble hombre que le amaba con suma pasión, ella solo sonreía ante los hermosos recuerdos que lleva a casa. Sin embargo un detalle daría un vuelco a sus vidas, uno que traerá solo infame desdichas. Desde una de las habitaciones de la gran casa del terrateniente, sobre el último piso, detrás de una ventana, una mujer contemplaba la escena; a Emily saliendo desde el establo y que se alejaba tratando de pasar sospechosamente desapercibida. Aquella mujer era Ann, hija del terrateniente, una mujer vinculada al movimiento puritano, una mujer de apariencia sublime, pero por dentro estaba podrida de envidia y de celos. Para ella no existía pecado en su vida, detrás de sus volubles ideas puritanas escondía su verdadera identidad, falsos como el resto que seguían esa pobre idea del puritanismo. Siendo ella que sorprendía aquella chica saliendo en forma sospechosa del establo, ciertamente no había duda que la tormenta era inminente. Dejándose llevar por la curiosidad, Ann deja su habitación para dirigirse al establo, y descubrir el motivo que tuvo Emily para estar allí, sabiendo que sus obligaciones habían terminado mucho rato atrás. Coge una lámpara, ya que la noche ya había caído, y con cuidado a no tropezar se encamina a descubrir lo que yacía allí escondido. Con algo de temor abre la puerta del establo, la oscuridad reinaba en su totalidad el interior de aquel lugar, su oscuridad era superior a la de la misma noche, pero aun así, ella hace ingreso. Con su lámpara alzada sobre su cabeza, comienza a iluminar cada rincón, recorre minuciosamente de extremo a extremo, con insistencia volvió a echar otra ojeada, pero no hallo nada, y eso produjo en ella que su curiosidad la carcomiera por dentro. Como no hubo hallado nada, regreso a casa, pero con la seguridad que pronto descubriría el secreto de Emily.
Continua en la tercera parte.
Autor: entrepiernas.
