Primera parte
En la aldea de Salem, Massachusetts, a finales de Septiembre de 1692. Una escena a lo lejos era contemplado en medio de la oscuridad de la noche fría y siniestra por sus aldeanos, que observaban como hipnotizados dos hogueras que ardían frenéticamente uno al lado del otro. La maléfica curiosidad y el silencio fueron testigos de una más de las injusticias provocadas por la envidia y el odio, pero no pudieron contra el poder del amor, dejando así en los corazones de los criminales testigos saciarse de su perdida victoria.
Aquí comienza esta historia.
Salem era una pequeña aldea colonizadas por ciudadanos ingleses. Con los años, la aldea comenzó a crecer, obteniendo luego así la autonomía económica por medio de los trabajos de ganadería y el trabajo de sus tierras. Muchos de ellos eran personas trabajadoras, esforzadas, amantes de sus bienes, pero al mismo tiempo eran celosos férreos de los suyos. Ante tal magnifico estatus, las diferencias no podían quedar ausentes en las cotidianas vidas de los seres humanos. Se cuenta una historia, quizás de las muchas historias de romance que se han relatados con el pasar de los años ocurridos en Salem y que han marcado la diferencia en medio de las falsas acusaciones a personas que fueron inculpadas por realizar actos de brujerías. Durante el tiempo que se llevó a cabo la “caza de brujas”, todos los acusados, incluyendo no tan solo a mujeres, sino también a hombres, fueron encontrados culpables y condenados a la pena capital, y este era, morir en la horca. Pero aquí, en esta historia los últimos en ser condenados, fueron sentenciados a morir de la peor forma, morir quemados en la hoguera.
Transcurría el mes de Julio, ya habían sentenciados algunos a morir colgados. La aldea vivía tiempos de caos, pero aun así, las obligaciones seguían su curso, casi normal. A las afuera de la aldea vivía una mujer junto a sus padres, se dedicaban al campo, pero ella al mismo tiempo trabajaba como criada en casa de un muy conocido terrateniente. El nombre de ella era Emily, una chica hermosa, de linda figura, de carácter tranquila, apasionada, romántica, hermosa entre las hermosas, una rosa en medio de campos de trigales. A pesar de los escándalos que le rodeaban o bien en el que convivían en su aldea, ella mantenía en reserva sus opiniones ante los hechos. Su padre, un hombre de edad, y su madre algo más joven que él, no quedaban ausente ante el miedo, ya que las calumnias de ser acusados de brujerías podían en cualquier momento tocar a su puerta. Pero aun así, ellos procuraban estar alejados de esos conflictos, tratando al mismo tiempo cuidar de su única hija a no alejarse más allá de su casa. Día a día Emily iba a trabajar a la casa del terrateniente que se encontraba casi a la entrada de la aldea, ella terminaba sus quehaceres y volvía prontamente a su hogar, así era todo los días, el ir y venir. Cada día que pasaba, era una noticia más que llevaba a casa, noticias de los actos que sentenciaban los jueces ante las condenadas almas acusadas de brujerías. Siendo Emily una chica dulce y tierna, guardaba en su corazón un hermoso secreto, antes de volver a casa, luego de terminar sus labores como criada, cada tarde se dirigía al establo de propiedad del terrateniente a reunirse en secreto con aquel que le robaba a diario su corazón. En aquel nido de amor se reunía con Henry, su secreto novio. Siendo el, un hombre mayor que ella por veinte años, considerando que Emily tenia dieciséis años, ambos guardaban compostura ante los ojos de todos los aldeanos. Henry era un hombre apuesto, romántico, con un corazón noble y sencillo, amante de lo delicado, quizás fue lo que encontró en Emily, un cierto parecido a sus sentimientos. Querían mantener en secreto su relación, ya que las circunstancias no eran aptas para declarar a viva voz su romance, así que decidieron esperar a que las cosas se tranquilasen por un tiempo, pero mientras tanto, se amaban a escondidas como dos amantes sin comprensión. Ciertamente el corazón de Emily se revolucionaba cada tarde luego de terminar sus obligaciones, ya que solo esperaba terminar pronto para entregarse a los brazos de su fiel amor que aguardaba en los rincones de aquel establo, donde se amaban, donde sus cuerpos se unían en un solo destello de entrega, de pasión, de besos y caricias secretas. Las tardes para ellos eran de sublime deseos, eran amores sin condiciones, y porque no decir, sin restricciones, a pesar del caos a su alrededor. Pero ellos, tenían tiempo para ellos, para acariciarse, para hablar de sus sentimientos, para jurarse amor eterno, para recordarse siempre que se amaban sin límites, sin mezquindad alguna, pues eran dos corazones abiertos a sentirse siempre, aun mas allá de sus desnudez. Pero no siempre el destino trae buenas noticias, también trae consigo amargos destinos.
Henry era hijo del reverendo de la aldea, el mismo que acusaba de brujerías a los infelices aldeanos que luego eran condenados a la cárcel, o bien a la pena capital. Pero aquel siniestro padre, era bien diferente a su hijo, Henry mantenía sus ideas claras, no compartía las opiniones de su padre, quizás eso llevo a que padre e hijo no podían mantener una transparente relación y de confianza. Pero aun así, Henry respetaba con amargura las puritanas ideas de su padre. Salem, siendo una colonia británica mantenía una dura pena para todo aquel que practicasen actos de brujerías ya que cometían un delito contra la autoridad estatal. Solo bastaba con una acusación para los supuestos practicantes de brujerías sean enjuiciados y llevados a la horca. No podemos obviar que las leyes eran establecidas por un movimiento que gobernaba las vidas de los aldeanos, este era un movimiento religioso llamado así, los puritanos. Con leyes estrictamente dogmáticos liderados por hombres ajeno a toda sensibilidad humana, hombres de carácter adusto, secos de alma, reservado de total conciencia y culpa. Henry luchaba en silencio con las ideas de su padre y con los que le seguían, pero el hecho de establecer una opinión diferente a los de los puritanos, podía marcar en él, una sentencia, o bien ser culpable de acto de rebeldía, y como consecuencia, llegar a ser culpable también de brujería, y luego ser condenado a los infames flagelos que padecían los culpables. Quizás fue su temor a reservarse, a guardar silencio, pues sabía que debía mantener en secreto sus ideales, ya que no tan solo pensaba en él, sino también pensaba en su hermosa Emily, que podría resultar dañada con todo esto. Pero la envidia está en todas partes, como sombra en medio de la oscuridad espera a dar sus zarpazos para herir, para dañar. Pues la envidia supera la capacidad de la razón, supera los sentimientos, los limpios deseos, y solo con el fin de destruir lo que un corazón envidioso no es capaz de construir. Pues hasta hoy, la envidia ha sido el arma secreta de un corazón incapaz de amar por sí solo.
Como de costumbre Emily después de trabajar se dirigía al establo donde con seguridad Henry la esperaba impacientemente. Allí en aquel secreto lugar se amaban, desnudando sus cuerpos sedientos de placer, para luego dejarse llevar por los placeres y sensaciones de los refrescantes besos. Ellos se entregaban con plena seguridad, como si cada día fuera el último día. Las manos de Henry, tangiblemente recorría el cuerpo de ella, mientras sucedía, todo a su alrededor se volvía taciturno, como si el mismo aire contemplara tal mágica escena de romance y fiel deseo de amor. Aquella joven se entregaba a las caricias, dejándose acariciar, dejándose excitar por aquel varonil hombre que le amaba sin desear lo contrario. Sus manos recorrían cada centímetro de su piel, y cada caricia provocaba en ella que su piel se erizara, y al mismo tiempo provocaba húmedas sensaciones. Tumbados sobre el pajar, yacían los dos con sus cuerpos casi desnudos, el sobre ella, besando sus pechos desnudos, acariciando con sus labios aquellos frágiles pezones hinchados por la excitación, parecían dos coronas de volcanes a punto de erupcionar. Emily de piel tenue acusaba de forma inmediata su placer que sentía antes los besos, las caricias y la penetración de Henry, sus mejillas parecían como dos árboles cargadas de manzanas rojas.
Continúa en la segunda parte.
Autor: entrepiernasyletras