Una debil espera

sábado, 27 de agosto de 2011

Mas allá de un final

                                                             
                                                                   Primera parte

En la aldea de Salem, Massachusetts, a finales de Septiembre de 1692. Una escena a lo lejos era contemplado en medio de la oscuridad de la noche fría y siniestra por sus aldeanos, que observaban como hipnotizados dos hogueras que ardían frenéticamente uno al lado del otro. La maléfica curiosidad y el silencio fueron testigos de una más de las injusticias provocadas por la envidia y el odio, pero no pudieron contra el poder del amor, dejando así en los corazones de los criminales testigos saciarse de su perdida victoria.

Aquí comienza esta historia.

Salem era una pequeña aldea colonizadas por ciudadanos ingleses. Con los años, la aldea comenzó a crecer, obteniendo luego así la autonomía económica por medio de los trabajos de ganadería y el trabajo de sus tierras. Muchos de ellos eran personas trabajadoras, esforzadas, amantes de sus bienes, pero al mismo tiempo eran celosos férreos de los suyos. Ante tal magnifico estatus, las diferencias no podían quedar ausentes en las cotidianas vidas de los seres humanos. Se cuenta una historia, quizás de las muchas historias de romance que se han relatados con el pasar de los años ocurridos en Salem y que han marcado la diferencia en medio de las falsas acusaciones a personas que fueron inculpadas por realizar actos de brujerías. Durante el tiempo que se llevó a cabo la “caza de brujas”, todos los acusados, incluyendo no tan solo a mujeres, sino también a hombres, fueron encontrados culpables y condenados a la pena capital, y este era, morir en la horca. Pero aquí, en esta historia los últimos en ser condenados, fueron sentenciados a morir de la peor forma, morir quemados en la hoguera.

Transcurría el mes de Julio, ya habían sentenciados algunos a morir colgados. La aldea vivía tiempos de caos, pero aun así, las obligaciones seguían su curso, casi normal. A las afuera de la aldea vivía una mujer junto a sus padres, se dedicaban al campo, pero ella al mismo tiempo trabajaba como criada en casa de un muy conocido terrateniente. El nombre de ella era Emily, una chica hermosa, de linda figura, de carácter tranquila, apasionada, romántica, hermosa entre las hermosas, una rosa en medio de campos de trigales. A pesar de los escándalos que le rodeaban o bien en el que convivían en su aldea, ella mantenía en reserva sus opiniones ante los hechos. Su padre, un hombre de edad, y su madre algo más joven que él, no quedaban ausente ante el miedo, ya que las calumnias de ser acusados de brujerías podían en cualquier momento tocar a su puerta. Pero aun así, ellos procuraban estar alejados de esos conflictos, tratando al mismo tiempo cuidar de su única hija a no alejarse más allá de su casa. Día a día Emily iba a trabajar a la casa del terrateniente que se encontraba casi a la entrada de la aldea, ella terminaba sus quehaceres y volvía prontamente a su hogar, así era todo los días, el ir y venir. Cada día que pasaba, era una noticia más que llevaba a casa, noticias de los actos que sentenciaban los jueces ante las condenadas almas acusadas de brujerías. Siendo Emily una chica dulce y tierna, guardaba en su corazón un hermoso secreto, antes de volver a casa, luego de terminar sus labores como criada, cada tarde se dirigía al establo de propiedad del terrateniente a reunirse en secreto con aquel que le robaba a diario su corazón. En aquel nido de amor se reunía con Henry, su secreto novio. Siendo el, un hombre mayor que ella por veinte años, considerando que Emily tenia dieciséis años, ambos guardaban compostura ante los ojos de todos los aldeanos. Henry era un hombre apuesto, romántico, con un corazón noble y sencillo, amante de lo delicado, quizás fue lo que encontró en Emily, un cierto parecido a sus sentimientos. Querían mantener en secreto su relación, ya que las circunstancias no eran aptas para declarar a viva voz su romance, así que decidieron esperar a que las cosas se tranquilasen por un tiempo, pero mientras tanto, se amaban a escondidas como dos amantes sin comprensión. Ciertamente el corazón de Emily se revolucionaba cada tarde luego de terminar sus obligaciones, ya que solo esperaba terminar pronto para entregarse a los brazos de su fiel amor que aguardaba en los rincones de aquel establo, donde se amaban, donde sus cuerpos se unían en un solo destello de entrega, de pasión, de besos y caricias secretas. Las tardes para ellos eran de sublime deseos, eran amores sin condiciones, y porque no decir, sin restricciones, a pesar del caos a su alrededor. Pero ellos, tenían tiempo para ellos, para acariciarse, para hablar de sus sentimientos, para jurarse amor eterno, para recordarse siempre que se amaban sin límites, sin mezquindad alguna, pues eran dos corazones abiertos a sentirse siempre, aun mas allá de sus desnudez. Pero no siempre el destino trae buenas noticias, también trae consigo amargos destinos.
Henry era hijo del reverendo de la aldea, el mismo que acusaba de brujerías a los infelices aldeanos que luego eran condenados a la cárcel, o bien a la pena capital. Pero aquel siniestro padre, era bien diferente a su hijo, Henry mantenía sus ideas claras, no compartía las opiniones de su padre, quizás eso llevo a que padre e hijo no podían mantener una transparente relación y de confianza. Pero aun así, Henry respetaba con amargura las puritanas ideas de su padre. Salem, siendo una colonia británica mantenía una dura pena para todo aquel que  practicasen actos de brujerías ya que cometían un delito contra la autoridad estatal. Solo bastaba con una acusación para los supuestos practicantes de brujerías sean enjuiciados y llevados a la horca. No podemos obviar que las leyes eran establecidas por un movimiento que gobernaba las vidas de los aldeanos, este era un movimiento religioso llamado así, los puritanos. Con leyes estrictamente dogmáticos liderados por hombres ajeno a toda sensibilidad humana, hombres de carácter adusto, secos de alma, reservado de total conciencia y culpa. Henry luchaba en silencio con las ideas de su padre y con los que le seguían, pero el hecho de establecer una opinión diferente a los de los puritanos, podía marcar en él, una sentencia, o bien ser culpable de acto de rebeldía, y como consecuencia, llegar a ser culpable también de  brujería, y luego ser condenado a los infames flagelos que padecían los culpables. Quizás fue su temor a reservarse,  a guardar silencio, pues sabía que debía mantener en secreto sus ideales, ya que no tan solo pensaba en él, sino también pensaba en su hermosa Emily, que podría resultar dañada con todo esto. Pero la envidia está en todas partes, como sombra en medio de la oscuridad espera a dar sus zarpazos para herir, para dañar. Pues la envidia supera la capacidad de la razón, supera los sentimientos, los limpios deseos, y solo con el fin de destruir lo que un corazón envidioso no es capaz de construir. Pues hasta hoy, la envidia ha sido el arma secreta de un corazón incapaz de amar por sí solo.
Como de costumbre Emily después de trabajar se dirigía al establo donde con seguridad Henry la esperaba impacientemente. Allí en aquel secreto lugar se amaban, desnudando sus cuerpos sedientos de placer, para luego dejarse llevar por los placeres y sensaciones de los refrescantes besos. Ellos se entregaban con plena seguridad, como si cada día fuera el último día. Las manos de Henry, tangiblemente recorría el cuerpo de ella, mientras sucedía, todo a su alrededor se volvía taciturno, como si el mismo aire contemplara tal mágica escena de romance y fiel deseo de amor. Aquella joven se entregaba a las caricias, dejándose acariciar, dejándose excitar por aquel varonil hombre que le amaba sin desear lo contrario. Sus manos recorrían cada centímetro de su piel, y cada caricia provocaba en ella que su piel se erizara, y al mismo tiempo provocaba húmedas sensaciones. Tumbados sobre el pajar, yacían los dos con sus cuerpos casi desnudos, el sobre ella, besando sus pechos desnudos, acariciando con sus labios aquellos frágiles pezones hinchados por la excitación, parecían dos coronas de volcanes a punto de erupcionar. Emily de piel tenue acusaba de forma inmediata su placer que sentía antes los besos, las caricias y la penetración de Henry, sus mejillas parecían como dos árboles cargadas de manzanas rojas.

Continúa en la segunda parte.

Autor: entrepiernasyletras

jueves, 25 de agosto de 2011

Mas allá de un final

En medio de las persecuciones en Salem, el amor y su pasión fueron su único descanso ante una final sentencia. 


Pronto una nueva historia donde el amor, la pasión, el deseo serán la mezcla perfecta, pero todo esto tendrá un costo, el de resistir ante una terrible condena.



En la aldea de Salem, Massachusetts, a finales de Septiembre de 1692. Una escena a lo lejos era contemplado en medio de la oscuridad de la noche fría y siniestra por sus aldeanos, que observaban como hipnotizados dos hogueras que ardían frenéticamente uno al lado del otro. La maléfica curiosidad y el silencio fueron testigos de una más de las injusticias provocadas por la envidia y el odio, pero no pudieron contra el poder del amor, dejando así en los corazones de los criminales testigos saciarse de su perdida victoria.

lunes, 22 de agosto de 2011

Un sueño, una despedida.

Tercera parte y final:

Sus piernas hermosamente torneadas, parecían hechas por manos de un semidiós. Suaves como el trozo de ceda ondulado por el aire, suaves como el mármol pulido. Su olor pragmáticamente hechizante al olfato de un mortal. Sobre aquella extensa planicie de su cama, Eduardo permanecía sentado sobre sus talones, contemplando la mágica y sensual desnudez de su mujer. Ella tumbada frente a él, observaba su excitada y deseosa mirada que brillaba en sus ojos, mientras sus fuertes manos acariciaban sus suaves pies. Luego aquellas frágiles piernas eran alzadas como un mástil de un velero a la altura de los labios de aquel hombre, sus labios y su lengua acariciaba aquellos pies hechos para besar. Cada roce era una armoniosa tonada de caluroso deseo que encendían sin tregua aquel cuerpo femenino que esperaba ser una vez amada por su amado. Los besos no se detenían, surcaban por las piernas de aquella entregada mujer, descendían como torrente de unas cascadas hasta su fin, sin detenerse descendía hasta las entrepiernas de ella, hasta llegar a su tesoro, que yacía tibiamente húmeda por aquellos fantásticos fluidos. Los labios de él, cariñosamente se detenían en aquella hermosa perla de carne que permanecía escondida entre aquellos sensitivos labios. Aquel pequeño trozo de nervio era hurgado por la lengua de su esposo y por los suaves besos. Esos besos provocaban en ella que su pelvis se levantara y luego bajara una y otra vez, la excitación hacia cerrar sus piernas contra la cara de Eduardo, tales estímulos no podía evitarlos. Las manos de ella sin paciencia acariciaba la cabeza de su esposo que le provocaba calurosas locuras de fantasías. Ella se movía como una ola de mar llevada por el viento hasta las rocas. Sus plácidos y eróticos gemidos eran como notas musicales de millares de sirenas que aguardaban a hechizar a los visitantes marinos de los archipiélagos. Dulces tonadas eran para los oídos, señal del placer, señal del gustar. Para los imperfectos ¿qué es amar haciendo el amor en comparación teniendo sexo sin hacer el amor? Ellos tenían las respuestas a tal pregunta, amarse sin tabúes, para luego seguir amándose, para sentirse, para valorarse como una sola carne, como una sola sensación, como una promesa de estar siempre juntos. Aún más allá de la muerte.
Fue así que el tiempo que había fallecido ante ellos, tomaba dominio, sus cuerpos entregados a todos los placeres que permanecen escondidos antes de las caricias, eran dominados por el cansancio. Quizás era la hora de despertar. Cuando hubo pasado las horas sin tiempo, luego de amarse, de entregarse con deseo, ambos se abrazan fuertemente como si un repentino adiós avisara sorpresivamente que es tiempo. Ambos  permanecen recostados sobre aquella cama sudada por aquellos cuerpos ardientes por el excitante desenfreno de dos seres que se prestaron atención ante su desnudez. Románticamente ella apoya su cabeza sobre el pecho de él, mientras el brazo de Eduardo la envuelve por entero, y con detalles, la otra mano de su esposo acariciaba con suavidad y ternura el cabello de ella. Fue así que el silencio sucumbió con fuerza, envolviendo toda la habitación. Luego que aquellos gemidos de placer que habían extasiado aun hasta las paredes, luego que las dezorbitantes palabras se habían transformados en excitantes y lujuriosos susurros, ahora solo había silencio, solo silencio, de esos silencios que se espera que uno hable primero. Entonces el silencio fue quebrado como un vidrio ante el pavimento. Aquellas caricias que peinaban el cabello de ella se detenían, pasando a tomar la barbilla de ella para luego levantarla contra sus ojos. Ambas miradas se clavan una vez más, pero ahora sería con un fin diferente. Eduardo ante tal frágil mirada de su esposa, quiebra con su voz el extraño silencio. “Te amo Amanda. Ahora me despido, despertaras de este sublime sueño, pero alégrate, no porque tan solo te amé, sino porque tu vida, desde ahora en adelante será como la primera vez que nos amamos, que nos enamoramos, y solo allí recordaras con silencios momentos que un día te amé. Amor, solo te pediré un favor, acepta aquella invitación que has rechazado todo estos años, si lo haces, también me dejaras libre a terminar mi camino y veras que tu vida volverá a vivir. No vivas mas por los recuerdos, sino hazlo amando, como lo hiciste conmigo. Adiós mi tesoro, mi amor recuerda, siempre te amare” Estas palabras conmovieron hasta las extrañas de ella, se abrazó contra el tan fuerte que su piel casi parecería fundirse contra la de él. Sus lágrimas desbordaban sus ojos haciendo recorrer por sus mejillas hasta caer sobre el pecho de su esposo. Ella, ella no quería soltarlo, pero todo sería inútil, el sueño tiene poder para deshacer la realidad. Amanda con suplica le rogaba que no la dejara sola, sola una vez más. Pero sin embargo comprendía entre sus lágrimas que él ya tenía otro mundo, el de las almas sin cuerpo, el del viaje sin retorno.
Fue entonces que un fuerte bocinazo provocado por un vehículo que pasaba a las afuera de su casa la hizo saltar de su cama. Entonces se dio cuenta de que todo era un sueño, pero un real sueño. Su cuerpo estaba desnudo, sudado, hasta sus sabanas estaban empapadas de sudor, y no tan solo de ella, sino también extrañamente la de él. Observa a su alrededor, tratando de comprender que fue lo que había pasado, lo que había vivido curiosamente. Entonces vuelve a tumbarse en la cama, pero ahora meditando lo vivido, y sobre todo en las palabras de Eduardo que aun hacían eco en sus oídos. Un profundo suspiros de resignación le hace encoger de hombros, al mismo tiempo una inmensa alegría de consuelo y paz la envuelve, dibujando en sus labios, la más hermosa sonrisa de libertad y de esperanza. Entonces un susurro sale entre medio de esa sonrisa – gracias mi amor, gracias. Mientras permanecía allí, da su último suspiro, se sienta sobre su cama, cubre su cuerpo desnudo con las sabanas, coge el teléfono que yacía sobre un velador. Observa por un instante los números, hasta que su dedo marca el número de un teléfono. Nerviosamente esperaba a que le contesten al otro lado del auricular, hasta que una voz masculina responde. Ella sin decir por un momento nada, queda en silencio, mientras al otro lado la voz masculina insiste. Entonces ella dejando de lado su nerviosismo se presenta, diciendo solo tres frases – acepto tu invitación. Aquel hombre detrás de aquel auricular, le amaba, le amaba como su propio esposo en vida. Espero todo estos años pacientemente que el dolor de ella terminara, pero sin forzarla. Aquel hombre siempre la respeto, sin aprovecharse de su dolor y soledad. Sinceramente él le amaba. Entonces Amanda se dio cuenta de algo que Eduardo le había dicho antes de partir de aquel sueño; acepta la invitación, pues sabía que aquel hombre le haría feliz, como el la hizo feliz, como él le amo. Fue entonces allí el inicio de una nueva vida, el de comenzar de nuevo, el vivir nuevamente, el sonreír ante la amargura y ante una despedida. El saber que siempre ante un dolor, la vida vuelve a sonreír, y como no, a seguir amando como ella amo y a ella amaron.

                                                                                   FIN

Autor: entrepiernasyletras.

Un sueño, una despedida.

Segunda parte

Cuerpos sudados, fatigado por causa del único deseo entre un hombre y una mujer apasionadamente enamorados, el hacer el amor sin restricciones, sin esperar que las horas culminen antes de fallecer, solo los dos, excitados, llevados por el clímax, embriagados por el éxtasis, manejados, manipulados por sus propios cuerpos desnudos, amándose sin prejuicios, sin restricciones, sin contemplaciones, unidos en una cúpula de apasionadas caricias y besos, ellos, eran ellos.
Sin duda alguna, este mágico momento no se borrara tan fácilmente en el corazón de aquella mujer.
Se amaron, se desearon en aquel sueño, no hubo horas que estableciera tiempo en ellos a no seguir amándose, verdaderamente, humillaron al tiempo, pero llegaría si, la hora de despertar. Sin embargo, este extraño acontecimiento sería un principio de una nueva vida, de un comienzo de algo real. Sería la llave para abrir la puerta de su propia cárcel que la mantuvo esclava de los recuerdos y de la fría soledad.
Los labios de Amanda con delicadeza descendían por el pecho de su esposo, deteniéndose por un instante en su abdomen. Sus manos frágiles surcaban por todo el alrededor del pecho de él, así con esa sensual delicadeza descendió hasta hallar de él, lo que ella buscaba. Nada más que amar, era un lema guardado en ambos corazones que deseaban nunca terminar, menos desaparecer. Cada rincón de aquel masculino cuerpo, fue hurgado por ella, cada centímetro fue marcado por los labios de ella, sin duda alguna, no hubo tramo de cuerpo que no fue visitado por los sensibles y delicados labios ardientes de Amanda


Continua en tercera parte


Autor: entrepiernasyletras.

Un sueño, una despedida.

Primera parte:

La noche llego, el sombrío silencio cernió sobre el hogar de Amanda, aquella noche fue fría. Tendida solitariamente en un sofá leía un viejo libro sobre los enigmas, una trémula luz de una lámpara le acompañaba a su lado. En una mano sostenía aquel libro, mientras en la otra, un vaso de un exquisito whisky que brillaba elegantemente como una beta de oro al sol. Una gruesa manta le cubría desde la cintura hasta sus pies. Vestía una muy sexy camiseta de color crema, la utilizaba para dormir. Su cabello como un hermoso velo caía hasta sus hombros. Su piel perfumada rodeaba su entorno. El whisky en el vaso desaparecía en forma lenta. En ocasiones se detenía a meditar la lectura. Luego de unos minutos de meditación y terminar el ultimo sorbo de aquel exquisito brebaje, retoma la lectura. Cuando los minutos habían transcurrido en forma anónima, Amanda, se dio cuenta que su vaso se había vaciado. Se levanta para ir a coger un poco más de aquel aromático sabor. Cerca de la adornada botella, una foto en un cuadro yacía a su lado, era una foto que para ella le hacía recordarle momentos hermosos, era una foto de su esposo que aún permanecía sin ausentarse en su corazón. Deja el vaso servido cerca de la botella para coger entre sus manos la foto de Eduardo, su esposo, que lamentablemente había fallecido hace cinco años atrás en un trágico accidente automovilístico. Al contemplar la imagen, lleva aquel cuadro contra su pecho, un profundo suspiros sale desde las profundidades de su alma, era de resignación. Coge el vaso de whisky que había quedado servido, y llevando entre sus manos el vaso y el cuadro, se vuelve acomodar en aquel sofá.  El vaso se vaciaba en un instante, pero como así de rápido se vaciaba, así de rápido se volvía a llenar. Pero el sueño combinado con algo de alcohol en el cuerpo, le hizo caer en ella, un relajo. Acomoda su cabeza entre los cojines del sofá, a tirones se cubre con la manta que permanecía a su lado. El silencio reinaba heroicamente a su alrededor, la noche fría dejaba mudo a cualquier ser viviente.


Pero esta noche para ella, sería una noche muy diferente a las otras noches, un conocido ser vendría a visitarle en medio de un muy extraño pero, muy extraño sueño.


El sueño la venció, el retrato que sostenía entre sus manos, caía al piso. Todo era un misterioso silencio. Las horas avanzaban como un ejército contra su enemigo. Luego un viento cálido acaricio su cabello, pero ella no se dio cuenta de aquel extraño suceso. Aquel dormido cuerpo, era trasladado a un sueño donde la vida aún existía, donde las cosas permanecían con espíritu de pasiguedad. Ella se vio recostada en una cama. Sábanas blancas la envolvían desde sus pechos hasta sus pies, sabanas de terciopelo, suave como la misma piel de ella. Un gran ventanal permanecía abierto cerca de ella, la suave brisa que entraba provocaba que las cortinas parecieran tener vida propia, ondulaban como una bandera en un mástil. Pero no tan solo la brisa le hacía compañía, la luz del día con pronta autoridad también hacia presencia, llenando con luz todo rincón oscuro de aquella habitación. Cerca de la cama, un velador que era hermoseado con flores sobre él. Sonidos desde el exterior entonaban melódicas  notas, pajarillos revoloteaban cerca sin pasar desapercibidos junto a la ventana. Todo se transformaba en una mágica visión, donde la vida se convertía en héroe ante una solitaria espera. Ella yacía dormida en aquella cama, su semblante denotaba una eterna tranquilidad en ella. Las sabanas que le cubrían moldeaban su atractivo y sensual cuerpo, nada quedaba sin imaginación, todo era delatado. Luego, la puerta de la habitación comenzaba abrirse con suma suavidad pero, no pasaba desapercibido a los oídos de ella. Aquel ruido hace que se despierte, casi media sentada, queda observando hacia la puerta a la espera de ver quien era, hasta que se abría por completo.
Sus labios delineaban una sonrisa en ella al ver que era una conocida figura masculina  que aparecía bajo el dintel, era la figura de Eduardo, su esposo quien misteriosamente abrió aquella puerta. Ambas miradas se clavaron como una flecha a un blanco. Se acerca hacia ella, se observan mutuamente  uno a otro, como dos potentes imanes atraídos con fuerza para unirse. Siendo como era el, un romántico de sangre y piel, un caballero de estirpe, toma la barbilla de ella levantándola con una de sus manos, para luego dejar caer sobre sus labios, el más mágico y esperado beso de aquel hombre que le amo siempre. Ese beso tan tierno y lleno de limpio deseo, produjo en ella que su piel se erizara. Amanda aún no se daba cuenta que se trataba de un sueño, de solo un sueño, pero todo era como una real situación. Los labios de él por algunos segundos se separan de los de ella para volver a mirarla una vez más. Él se sienta junto a ella, las sabanas que cubrían sus pechos se deslizan hasta caer, dejando así, aquellos hermosos y artísticos pechos a la vista. Los besos de Eduardo comenzaron luego a bajar por su frágil cuello. Cada beso era un lirico sonido en el corazón de ella. Cada beso de él, era una reacción que producía en ella sensaciones no prohibidas. Las delicadas y acaloradas manos de ella poéticamente acariciaban tras el cuello de él, su cabello. Un te amo, salía entre los labios de aquel hombre. Un te amo respondía también ella con una dulce sonrisa de alegría dibujada artísticamente en sus labios. Las manos de su esposo rozaban con ternura los suaves pechos de ella. Su corazón parecía salir por su pecho, latía con desenfreno ante tan esperadas caricias. Las respiraciones agitadas se hacían presentes. El cuello de Amanda se entregaba a los labios de él. Sus cuerpos no tardaron en presentarse desnudos. Ella se abraza a la espalda de su esposo, las manos de Amada rodean todo su cuerpo. Los besos no paraban, cada caricia era un deseo, y cada deseo una pasión. Todo era una deseosa humedad, de dos cuerpos entregados para entregarse sin prejuicios, ellos eran ellos, seres esperando a volver amarse como antes. Sus  piernas entrelazaba el cuello de Eduardo, mientras el, bebía de aquella miel escondida entre las piernas de su amada. Sus hermosos pechos parecían endurecerse en cada caricia, sus pezones parecían dos botones de flor a punto de abrirse. Ella se sentía una vez más amada entre los brazos de quien la amo siempre. Las horas habían perecido ante tal bello anhelo, el hacer el amor sin tiempo. Sus manos se unían con fuerza, mientras los suaves movimientos se convertían en más placer. Todo lo erótico se volvía un acto de deseo, lujuria sin censura. Allí permanecían amándose. El delicado roce producido por las manos de Eduardo surcaba por aquella espalda frágil de su esposa desde arriba hacia abajo. Ella, sentada sobre su esposo se entregaba por entero, aquellas caderas se movían excitadamente con ondulantes movimientos. Inclinaba su cabeza para dejar caer sobre los impacientes labios de él, los no mezquinos besos de ella, esos besos que queman hasta las profundidades. Su cabello acariciaba el rostro de Eduardo con cada movimiento, aquellos pechos no quedaban ausentes, él lo besaba con sumo cariño, pero al mismo tiempo frenéticamente, eso a ella, le encantaba, le excitaba.

Continua en la segunda parte.

Autor: entrepiernasyletras.

jueves, 4 de agosto de 2011

Sin pasion


Sin pasión, el hombre sólo es una fuerza latente que espera una posibilidad, como el pedernal el choque del hierro, para lanzar chispas de luz.

Henry Frédéric Amiel.