Tercera parte y final:
Sus piernas hermosamente torneadas, parecían hechas por manos de un semidiós. Suaves como el trozo de ceda ondulado por el aire, suaves como el mármol pulido. Su olor pragmáticamente hechizante al olfato de un mortal. Sobre aquella extensa planicie de su cama, Eduardo permanecía sentado sobre sus talones, contemplando la mágica y sensual desnudez de su mujer. Ella tumbada frente a él, observaba su excitada y deseosa mirada que brillaba en sus ojos, mientras sus fuertes manos acariciaban sus suaves pies. Luego aquellas frágiles piernas eran alzadas como un mástil de un velero a la altura de los labios de aquel hombre, sus labios y su lengua acariciaba aquellos pies hechos para besar. Cada roce era una armoniosa tonada de caluroso deseo que encendían sin tregua aquel cuerpo femenino que esperaba ser una vez amada por su amado. Los besos no se detenían, surcaban por las piernas de aquella entregada mujer, descendían como torrente de unas cascadas hasta su fin, sin detenerse descendía hasta las entrepiernas de ella, hasta llegar a su tesoro, que yacía tibiamente húmeda por aquellos fantásticos fluidos. Los labios de él, cariñosamente se detenían en aquella hermosa perla de carne que permanecía escondida entre aquellos sensitivos labios. Aquel pequeño trozo de nervio era hurgado por la lengua de su esposo y por los suaves besos. Esos besos provocaban en ella que su pelvis se levantara y luego bajara una y otra vez, la excitación hacia cerrar sus piernas contra la cara de Eduardo, tales estímulos no podía evitarlos. Las manos de ella sin paciencia acariciaba la cabeza de su esposo que le provocaba calurosas locuras de fantasías. Ella se movía como una ola de mar llevada por el viento hasta las rocas. Sus plácidos y eróticos gemidos eran como notas musicales de millares de sirenas que aguardaban a hechizar a los visitantes marinos de los archipiélagos. Dulces tonadas eran para los oídos, señal del placer, señal del gustar. Para los imperfectos ¿qué es amar haciendo el amor en comparación teniendo sexo sin hacer el amor? Ellos tenían las respuestas a tal pregunta, amarse sin tabúes, para luego seguir amándose, para sentirse, para valorarse como una sola carne, como una sola sensación, como una promesa de estar siempre juntos. Aún más allá de la muerte.
Fue así que el tiempo que había fallecido ante ellos, tomaba dominio, sus cuerpos entregados a todos los placeres que permanecen escondidos antes de las caricias, eran dominados por el cansancio. Quizás era la hora de despertar. Cuando hubo pasado las horas sin tiempo, luego de amarse, de entregarse con deseo, ambos se abrazan fuertemente como si un repentino adiós avisara sorpresivamente que es tiempo. Ambos permanecen recostados sobre aquella cama sudada por aquellos cuerpos ardientes por el excitante desenfreno de dos seres que se prestaron atención ante su desnudez. Románticamente ella apoya su cabeza sobre el pecho de él, mientras el brazo de Eduardo la envuelve por entero, y con detalles, la otra mano de su esposo acariciaba con suavidad y ternura el cabello de ella. Fue así que el silencio sucumbió con fuerza, envolviendo toda la habitación. Luego que aquellos gemidos de placer que habían extasiado aun hasta las paredes, luego que las dezorbitantes palabras se habían transformados en excitantes y lujuriosos susurros, ahora solo había silencio, solo silencio, de esos silencios que se espera que uno hable primero. Entonces el silencio fue quebrado como un vidrio ante el pavimento. Aquellas caricias que peinaban el cabello de ella se detenían, pasando a tomar la barbilla de ella para luego levantarla contra sus ojos. Ambas miradas se clavan una vez más, pero ahora sería con un fin diferente. Eduardo ante tal frágil mirada de su esposa, quiebra con su voz el extraño silencio. “Te amo Amanda. Ahora me despido, despertaras de este sublime sueño, pero alégrate, no porque tan solo te amé, sino porque tu vida, desde ahora en adelante será como la primera vez que nos amamos, que nos enamoramos, y solo allí recordaras con silencios momentos que un día te amé. Amor, solo te pediré un favor, acepta aquella invitación que has rechazado todo estos años, si lo haces, también me dejaras libre a terminar mi camino y veras que tu vida volverá a vivir. No vivas mas por los recuerdos, sino hazlo amando, como lo hiciste conmigo. Adiós mi tesoro, mi amor recuerda, siempre te amare” Estas palabras conmovieron hasta las extrañas de ella, se abrazó contra el tan fuerte que su piel casi parecería fundirse contra la de él. Sus lágrimas desbordaban sus ojos haciendo recorrer por sus mejillas hasta caer sobre el pecho de su esposo. Ella, ella no quería soltarlo, pero todo sería inútil, el sueño tiene poder para deshacer la realidad. Amanda con suplica le rogaba que no la dejara sola, sola una vez más. Pero sin embargo comprendía entre sus lágrimas que él ya tenía otro mundo, el de las almas sin cuerpo, el del viaje sin retorno.
Fue entonces que un fuerte bocinazo provocado por un vehículo que pasaba a las afuera de su casa la hizo saltar de su cama. Entonces se dio cuenta de que todo era un sueño, pero un real sueño. Su cuerpo estaba desnudo, sudado, hasta sus sabanas estaban empapadas de sudor, y no tan solo de ella, sino también extrañamente la de él. Observa a su alrededor, tratando de comprender que fue lo que había pasado, lo que había vivido curiosamente. Entonces vuelve a tumbarse en la cama, pero ahora meditando lo vivido, y sobre todo en las palabras de Eduardo que aun hacían eco en sus oídos. Un profundo suspiros de resignación le hace encoger de hombros, al mismo tiempo una inmensa alegría de consuelo y paz la envuelve, dibujando en sus labios, la más hermosa sonrisa de libertad y de esperanza. Entonces un susurro sale entre medio de esa sonrisa – gracias mi amor, gracias. Mientras permanecía allí, da su último suspiro, se sienta sobre su cama, cubre su cuerpo desnudo con las sabanas, coge el teléfono que yacía sobre un velador. Observa por un instante los números, hasta que su dedo marca el número de un teléfono. Nerviosamente esperaba a que le contesten al otro lado del auricular, hasta que una voz masculina responde. Ella sin decir por un momento nada, queda en silencio, mientras al otro lado la voz masculina insiste. Entonces ella dejando de lado su nerviosismo se presenta, diciendo solo tres frases – acepto tu invitación. Aquel hombre detrás de aquel auricular, le amaba, le amaba como su propio esposo en vida. Espero todo estos años pacientemente que el dolor de ella terminara, pero sin forzarla. Aquel hombre siempre la respeto, sin aprovecharse de su dolor y soledad. Sinceramente él le amaba. Entonces Amanda se dio cuenta de algo que Eduardo le había dicho antes de partir de aquel sueño; acepta la invitación, pues sabía que aquel hombre le haría feliz, como el la hizo feliz, como él le amo. Fue entonces allí el inicio de una nueva vida, el de comenzar de nuevo, el vivir nuevamente, el sonreír ante la amargura y ante una despedida. El saber que siempre ante un dolor, la vida vuelve a sonreír, y como no, a seguir amando como ella amo y a ella amaron.
FIN
Autor: entrepiernasyletras.
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