Una debil espera

lunes, 22 de agosto de 2011

Un sueño, una despedida.

Primera parte:

La noche llego, el sombrío silencio cernió sobre el hogar de Amanda, aquella noche fue fría. Tendida solitariamente en un sofá leía un viejo libro sobre los enigmas, una trémula luz de una lámpara le acompañaba a su lado. En una mano sostenía aquel libro, mientras en la otra, un vaso de un exquisito whisky que brillaba elegantemente como una beta de oro al sol. Una gruesa manta le cubría desde la cintura hasta sus pies. Vestía una muy sexy camiseta de color crema, la utilizaba para dormir. Su cabello como un hermoso velo caía hasta sus hombros. Su piel perfumada rodeaba su entorno. El whisky en el vaso desaparecía en forma lenta. En ocasiones se detenía a meditar la lectura. Luego de unos minutos de meditación y terminar el ultimo sorbo de aquel exquisito brebaje, retoma la lectura. Cuando los minutos habían transcurrido en forma anónima, Amanda, se dio cuenta que su vaso se había vaciado. Se levanta para ir a coger un poco más de aquel aromático sabor. Cerca de la adornada botella, una foto en un cuadro yacía a su lado, era una foto que para ella le hacía recordarle momentos hermosos, era una foto de su esposo que aún permanecía sin ausentarse en su corazón. Deja el vaso servido cerca de la botella para coger entre sus manos la foto de Eduardo, su esposo, que lamentablemente había fallecido hace cinco años atrás en un trágico accidente automovilístico. Al contemplar la imagen, lleva aquel cuadro contra su pecho, un profundo suspiros sale desde las profundidades de su alma, era de resignación. Coge el vaso de whisky que había quedado servido, y llevando entre sus manos el vaso y el cuadro, se vuelve acomodar en aquel sofá.  El vaso se vaciaba en un instante, pero como así de rápido se vaciaba, así de rápido se volvía a llenar. Pero el sueño combinado con algo de alcohol en el cuerpo, le hizo caer en ella, un relajo. Acomoda su cabeza entre los cojines del sofá, a tirones se cubre con la manta que permanecía a su lado. El silencio reinaba heroicamente a su alrededor, la noche fría dejaba mudo a cualquier ser viviente.


Pero esta noche para ella, sería una noche muy diferente a las otras noches, un conocido ser vendría a visitarle en medio de un muy extraño pero, muy extraño sueño.


El sueño la venció, el retrato que sostenía entre sus manos, caía al piso. Todo era un misterioso silencio. Las horas avanzaban como un ejército contra su enemigo. Luego un viento cálido acaricio su cabello, pero ella no se dio cuenta de aquel extraño suceso. Aquel dormido cuerpo, era trasladado a un sueño donde la vida aún existía, donde las cosas permanecían con espíritu de pasiguedad. Ella se vio recostada en una cama. Sábanas blancas la envolvían desde sus pechos hasta sus pies, sabanas de terciopelo, suave como la misma piel de ella. Un gran ventanal permanecía abierto cerca de ella, la suave brisa que entraba provocaba que las cortinas parecieran tener vida propia, ondulaban como una bandera en un mástil. Pero no tan solo la brisa le hacía compañía, la luz del día con pronta autoridad también hacia presencia, llenando con luz todo rincón oscuro de aquella habitación. Cerca de la cama, un velador que era hermoseado con flores sobre él. Sonidos desde el exterior entonaban melódicas  notas, pajarillos revoloteaban cerca sin pasar desapercibidos junto a la ventana. Todo se transformaba en una mágica visión, donde la vida se convertía en héroe ante una solitaria espera. Ella yacía dormida en aquella cama, su semblante denotaba una eterna tranquilidad en ella. Las sabanas que le cubrían moldeaban su atractivo y sensual cuerpo, nada quedaba sin imaginación, todo era delatado. Luego, la puerta de la habitación comenzaba abrirse con suma suavidad pero, no pasaba desapercibido a los oídos de ella. Aquel ruido hace que se despierte, casi media sentada, queda observando hacia la puerta a la espera de ver quien era, hasta que se abría por completo.
Sus labios delineaban una sonrisa en ella al ver que era una conocida figura masculina  que aparecía bajo el dintel, era la figura de Eduardo, su esposo quien misteriosamente abrió aquella puerta. Ambas miradas se clavaron como una flecha a un blanco. Se acerca hacia ella, se observan mutuamente  uno a otro, como dos potentes imanes atraídos con fuerza para unirse. Siendo como era el, un romántico de sangre y piel, un caballero de estirpe, toma la barbilla de ella levantándola con una de sus manos, para luego dejar caer sobre sus labios, el más mágico y esperado beso de aquel hombre que le amo siempre. Ese beso tan tierno y lleno de limpio deseo, produjo en ella que su piel se erizara. Amanda aún no se daba cuenta que se trataba de un sueño, de solo un sueño, pero todo era como una real situación. Los labios de él por algunos segundos se separan de los de ella para volver a mirarla una vez más. Él se sienta junto a ella, las sabanas que cubrían sus pechos se deslizan hasta caer, dejando así, aquellos hermosos y artísticos pechos a la vista. Los besos de Eduardo comenzaron luego a bajar por su frágil cuello. Cada beso era un lirico sonido en el corazón de ella. Cada beso de él, era una reacción que producía en ella sensaciones no prohibidas. Las delicadas y acaloradas manos de ella poéticamente acariciaban tras el cuello de él, su cabello. Un te amo, salía entre los labios de aquel hombre. Un te amo respondía también ella con una dulce sonrisa de alegría dibujada artísticamente en sus labios. Las manos de su esposo rozaban con ternura los suaves pechos de ella. Su corazón parecía salir por su pecho, latía con desenfreno ante tan esperadas caricias. Las respiraciones agitadas se hacían presentes. El cuello de Amanda se entregaba a los labios de él. Sus cuerpos no tardaron en presentarse desnudos. Ella se abraza a la espalda de su esposo, las manos de Amada rodean todo su cuerpo. Los besos no paraban, cada caricia era un deseo, y cada deseo una pasión. Todo era una deseosa humedad, de dos cuerpos entregados para entregarse sin prejuicios, ellos eran ellos, seres esperando a volver amarse como antes. Sus  piernas entrelazaba el cuello de Eduardo, mientras el, bebía de aquella miel escondida entre las piernas de su amada. Sus hermosos pechos parecían endurecerse en cada caricia, sus pezones parecían dos botones de flor a punto de abrirse. Ella se sentía una vez más amada entre los brazos de quien la amo siempre. Las horas habían perecido ante tal bello anhelo, el hacer el amor sin tiempo. Sus manos se unían con fuerza, mientras los suaves movimientos se convertían en más placer. Todo lo erótico se volvía un acto de deseo, lujuria sin censura. Allí permanecían amándose. El delicado roce producido por las manos de Eduardo surcaba por aquella espalda frágil de su esposa desde arriba hacia abajo. Ella, sentada sobre su esposo se entregaba por entero, aquellas caderas se movían excitadamente con ondulantes movimientos. Inclinaba su cabeza para dejar caer sobre los impacientes labios de él, los no mezquinos besos de ella, esos besos que queman hasta las profundidades. Su cabello acariciaba el rostro de Eduardo con cada movimiento, aquellos pechos no quedaban ausentes, él lo besaba con sumo cariño, pero al mismo tiempo frenéticamente, eso a ella, le encantaba, le excitaba.

Continua en la segunda parte.

Autor: entrepiernasyletras.

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